De inocencias atormentadas que juegan con ballestas – Reflexionando sobre los hechos del instituto Joan Fuster de Barcelona

«El sueño de la razón produce monstruos»

– Goya

En la mañana de ayer, 20 de abril, un niño de 13 años estudiante del instituto Joan Fuster de la ciudad de Barcelona, se presentó en el centro equipado con una ballesta casera (que él mismo habría fabricado), un puñal y un cóctel molotov, y la emprendió a flechazos y cuchilladas contra el personal del colegio y contra parte del alumnado, antes de, finalmente, dejar las armas (según algunas fuentes, supuestamente el joven habría renunciado a lanzar el cóctel molotov y se habría abrazado a uno de los profesores en señal de arrepentimiento). La policía llegó y le mantuvieron bajo custodia, aunque a esta altura desconozco cuál fue (o será) su suerte. Así mismo, personal escolar y alumnxs afirmaron que, presuntamente, el acto del joven no fue espontáneo, y ya habría mencionado en varias ocasiones su intención de llevar a cabo una masacre en el colegio.

Como de costumbre, las reacciones de la población, así como el sensacionalismo de los medios en busca del morbo más repugnante y desconsiderado, no se hicieron esperar. Hubo quien aprovechó la tragedia para exigir un endurecimiento de las leyes del menor, lamentando que un chaval de 13 años no pudiese ir a prisión después de asesinar a una persona (un profesor) y herir de diversa gravedad a varias más. En cuanto a estas personas, me preocupa, aunque por desgracia ya no me sorprende, que frente a un suceso tan alarmante como éste no se les ocurra otra solución que encarcelar durante años a un crío, en lugar de explorar y profundizar en las razones por las que un niño de 13 años, lleno de rabia y de miedo, toma la decisión de emular a los jóvenes de Collumbine. ¿De verdad pensáis que el encierro, la marginación y el maltrato que supone la cárcel ayudarán en grado alguno a que este joven entienda la gravedad de sus actos y pueda rehabilitarse?, ¿qué pretendéis, encarcelarle unas cuantas décadas, para que siga enloqueciendo y violentándose, y cuando salga -si, atormentado, no se ha suicidado ya- vuelva a descargar toda su frustración y su ira matando y acuchillando? A veces me planteo qué diablos tenéis en el cráneo, porque está claro que el cerebro no.

También hubo quien se apresuró a ejercer de sociólogo de tertulia televisiva cutre, echándole la culpa a la violencia de algunos videojuegos y series de televisión. Ésto, sencillamente, me parece ridículo, pues hoy en día a cualquier chaval le basta con ver el maldito telediario para ser testigo de mucha más violencia que la que puede proyectar cualquier videoconsola, como por ejemplo, cuando centenares de migrantes se ahogan en un naufragio cerca de Lampedusa y a nadie parece importarle, porque en la tele no se habla de vidas humanas, sino de leyes migratorias y absurdos tratados internacionales, y ésto por no hablar de imágenes de guerras y bombardeos sobre civiles, suicidios, familias enteras expulsadas de sus casas, y la normalidad con la que todas esas miserias y vergüenzas ocurren y son tratadas. Vuestro triste mundo es mucho más violento que la más sangrienta escena del más violento juego que se pueda haber diseñado jamás, y lo sabéis.

Yo no sé cuál es la causa. Ni soy psicólogo, ni aspiro a dar a nadie lecciones de moral, porque no conozco al niño, ni el modo en que le trataban sus profesorxs y compañerxs de clase contra lxs que atentó, ni tampoco me hago ni siquiera una ligera idea de lo que pudo pasarle a ese chaval por la cabeza. Creo que desconociendo todo ésto, cualquier valoración que yo pueda hacer no sería más que la burda palabrería de quien, sin tener la menor idea, juzga realidades atroces que contempla desde fuera, pero a las cuales no es ajeno, por mucho que no se sienta responsable de ellas. No obstante, me parece que, una vez más, quedan al descubierto todos los defectos, carencias y brutalidad de esta sociedad, y lo urgente e importante de reflexionar, desde lo colectivo, sobre aquello que, obviamente, falla.

Una compañera y amiga hizo esta reflexión ayer por la tarde, que apunté porque creo que no podría tener más razón. A cuento de lo que estoy escribiendo, no deja de ser llamativo el hecho de que en esta sociedad etarista de mierda, una niña de 13 años se supone que «no tiene edad suficiente para abortar» pero si un chavalín de esa misma edad mata a un profesor y ataca a sus compañeros con armas, nadie se pregunta por qué está tan asustado, ni las posibles causas u orígenes de su trastorno, ni si es realmente consciente de la gravedad de sus actos. Todo el mundo pide su cabeza y le responsabilizan de cualquier acto de violencia no validada socialmente que pueda cometer, des-responsabilizándose al mismo tiempo a sí mismxs de cualquier cargo de conciencia por mantener un modelo social enfermo de personas atomizadas que tiende a producir esta clase de depredadores.

No sé, ni puedo confirmar si ésta es realmente la causa, pero cuando has sufrido bullying durante años, y os lo digo por experiencia, ves de otra manera la idea de cargarte a quienes te han humillado y hecho la vida imposible. Hacerse fuerte a la fuerza entre golpes, burlas e incomprensión, te lleva a despreciar cualquier baile de culpabilidades que la sociedad espectacular pueda escenificar sobre su teatro, y sólo anhelas vengarte. Naturalmente, no todxs reaccionan de esta forma tan drástica y agresiva, y por eso no justifico (ni dejo de justificar, que conste) lo que este chico ha hecho, pero si de algo estoy seguro es de que, mientras recorría a puñaladas y flechazos el instituto, su corazón estaba lleno de rabia, de miedo, de frustración. Tal vez (y sólo tal vez) habría bastado con una conversación a tiempo, una charla que le hiciese sentirse comprendido, acogido y seguro, un abrazo, un poco de calor humano, pero, otra vez, estas conclusiones parecen llegar demasiado tarde, y lo que quedan son cadáveres, sangre y un joven que destroza su vida. A mí me parece triste, me duele y me parte el corazón que un crío tenga que llegar a ésto para que alguien se pregunte qué le pasa, para que alguien se fije en él o le tenga en cuenta, y repito, no trato de apelar a una suerte de responsabilidad civil en todo ésto, ni tampoco negar que actuó mal, y que esta manera de resolver las cosas denota un desequilibrio más o menos notorio, pero ese joven no necesita ni que le encierren ni que le agredan como venganza, necesita una sola cosa, ayuda, tratamiento y sobre todo comprensión. Al fin y al cabo, ¿quién puede presumir de cordura en una sociedad que se relaciona detrás de pantallas con miles de desconocidxs pero cuyxs amigxs reales en la calle se cuentan con los dedos de una mano?, ¿quién puede presumir de cordura cuando diariamente cerramos los ojos ante las atrocidades de este sistema, y cuando la empatía parece brillar por su ausencia?, ¿quién presume de cordura en una sociedad que se atiborra de psicofármacos y consume mierda compulsivamente para evitar enfrentarse al gran vacío que supone la falta de objetivos, de referentes y de estímulos? El que esté libre de pecado que aseste la primera cuchillada…

Hasta aquí mis palabras sobre ésto, que cada cual saque sus propias conclusiones. De todas formas, antes de terminar me gustaría aportar otra perspectiva que considero también muy acertada.

Recojo, traduzco del galego y dejo a continuación la siguiente reflexión, de uno de lxs compas del blog de la publicación anarquista galega Abordaxe!, quien, con acierto, relaciona este episodio con los eventos y las visitas que militares y maderos llevan a cabo en colegios de todo el territorio español, equipados con sus armas y su «cultura» de violencia y represión:

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Creo que será la primera vez (y supongo que la última) que coincido plenamente con lo expresado por el ministro del interior español, Jorge Fernández Díaz, cuando ayer declaró: “nos tiene que hacer a todos reflexionar (…) sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo y los valores que estamos inculcando a nuestros jóvenes”. Y me explico:

Si tenemos en cuenta el hecho de que el menor que disparó con la ballesta y asestó puñaladas había expresado en varias ocasiones a compañeros su intención de hacerse militar y después acudir al colegio para cometer una masacre contra el profesorado y el alumnado. Incluso en un campamento de verano habría dicho que con un buen plano y armas adecuadas podría apoderarse del instituto y “vengarse”.

Si consideramos que ayer este niño iba vestido de militar para cometer tal masacre; sólo podemos concluír (y supongo que ahí coincide conmigo el ministro) que las visitas regulares que hacen militares, mossos d’esquadra y otras policías y cuerpos armados a los diversos centros educativos del Estado español con toda su parafernalia y sus diferentes armas y equipos de matar personas, son valores que debemos prohibir totalmente en los centros de enseñanza.

Porque supongo que Fernández Díaz, cuando se refiere a que debemos poner en cuestión la sociedad que estamos construyendo, está hablando de esta sociedad, del miedo en el que vivimos y también de la violencia ejercida contra el pueblo por parte de los gobiernos y sus diversas fuerzas armadas.

O quizá el ministro no iba por ahí. ¿O sí?

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