Algunas vísceras.

No tengo muy claro si el lugar más apropiado para este contenido es un blog dedicado a la contrainformación anarquista, pero me apetece compartirlo, y creo que la reflexión planteada coincide con los objetivos de este blog, así que al final he decidido publicarlo.

Hace apenas unos días volví a ver junto a un par de compañeras uno de los episodios de la serie Black Mirror, una serie formada por apenas una decena de capítulos, todos ellos auto-conclusivos y monográficos, y cuyas historias giran en torno a diferentes cuestiones relacionadas con la crítica, más o menos metafórica o directa, al estilo de vida actual, a nuestra dependencia con respecto a los medios tecnológicos que cada vez median en mayor medida la comunicación entre las personas, o a la manera en que, por ejemplo, las redes sociales o la televisión y sus puñeteros concursos nos han enajenado y perturbado, influyendo sobre nuestras vidas, criterios, deseos de forma devastadora.

En este episodio (el segundo de la primera temporada, por si alguien quiere echarle un ojo), vemos a un montón de personas que habitan una especie de mundo artificial completamente sumido en las apariencias. Su «vida» consiste básicamente en pasarse el día entero pedaleando en una bicicleta estática mientras miran toda clase de contenidos basura y anuncios en una pantalla que tienen en la pared que hay justo delante de sus narices. Cuanto más tiempo pedalean, más créditos acumulan, y luego con esos créditos pueden adquirir diferentes complementos para sus avatares virtuales de los que presumir luego, videojuegos, películas y otras distracciones con las que olvidar lo vacías que se sienten. Así mismo, existe la posibilidad de gastarse los créditos acumulados durante toda una vida en pases que permiten participar en sus concursos. Si bien os recomiendo ver el capítulo, y la serie entera, quisiera dejar un fragmento de una escena donde alguien se planta precisamente en uno de esos concursos y expulsa todo lo que lleva dentro. Me ha parecido especialmente conmovedor, además de que, tristemente, nadie notaría una falta de significado si sacamos estas palabras del contexto de una serie de ficción y las ponemos en boca de cualquiera de las personas que nos rodean a diario:

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No tengo un discurso, no planeo lo que digo, ni siquiera quería, yo… Sólo sabía que tenía que venir, plantarme aquí y que me escuchaseis. Pero de verdad, no sólo que pusierais cara de escuchar, como hacéis el resto del tiempo. Cara de sentir, no cara de procesar. Ponéis una cara y nos hacéis salir al escenario y nosotros, nosotros “Ay, didahdah”, cantamos y bailamos y damos tumbos, y vosotros lo que veis aquí no son personas, no veis personas aquí, es carnaza. Y cuanto más falsa es, más os gusta, porque la carnaza es lo único que funciona ya, la carnaza falsa es lo único que podemos tragar. Bueno, no, hay algo más, el dolor real y la maldad, eso también. Sí, empala a un tío gordo y nos partiremos de risa, porque nos hemos ganado el derecho, hemos cumplido en la celda y él es sólo morralla, así que “ja, ja, ja” con él.

Porque estamos desesperados y tan idos de la cabeza que no tenemos juicio. Sólo sabemos de carnaza y de comprar mierda, así nos hablamos entre nosotros y nos expresamos, comprando mierda. ¿Nuestro mayor sueño? Es comprar una gorra nueva para nuestro querido avatar, una gorra que no existe. Ni siquiera está ahí, ¡compramos mierdas que no existen! Mostradnos algo que sea real y libre, no podríais. ¿Verdad? Nos mataría. Estamos aletargados, nuestra mente se ahogaría. Podemos soportar cierta admiración, por eso cuando encontráis alguna maravilla nos la dais en dosis bajas, y sólo si está adulterada, envasada, y administrada a través de diez mil filtros preasignados, hasta que no es más que una serie de luces sin sentido, mientras seguimos pedaleando día y sí y otro también. ¿Hacia dónde? ¿Alimentando qué? Son lucecitas y pequeñas pantallas, y celdas grandes y pantallas grandes.

¡Que os den! ¡Que os den, a eso se reduce, a que os den! Que os den por sentaros ahí y empeorarlo todo lentamente, que le den a vuestro foco y  a vuestros rostros santurrones, y también, ¡también que os den a todos por llevaros lo más parecido a algo real que encontré! Por exprimirlo y aplastarlo hasta ser un hueso, un chiste, un chiste malo más en un reino de millones de ellos. Que os den por lo que está pasando, que os den por mí, por nosotros, por todo el mundo, que os den.

Black Mirror

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