Texto de la editorial del nº 1 de la revista Víscera (Barcelona, año 2007)

El otro día releía este primer número de la revista Víscera tras bastante tiempo sin echarle un ojo y me encontré de nuevo con este texto, que como la primera vez volvió a encantarme. He querido difundirlo aquí.

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Risas y bronca, gestos y muecas, gemidos, ladridos, silencio y olvido, nos encontramos y desencontramos, en las calles, recorriendo sus paisajes, de bar en bar, en la llamada perdida, en el e-mail rebotado, rincones de un mismo mundo lleno de rincones, y de vez en cuando pensamos en romper el silencio una vez más, en irrumpir con nuestras voces y sus disonancias, para rehacer lo deshecho, para descomponer lo compuesto y tener pesadillas con sueños extraviados.

Rompemos el silencio para decir lo que no nos podemos callar, lo que sucede y ocurre, lo que nos incumbe y afecta, lo que duele y sangra, llevándolo al límite de lo posible, tratando de tratar con lo intratable, en los confines de lo impresentable, lo innombrable, lo inenarrable, lo inefable… y el humor negro que emerge del malestar y la distancia radical con aquello que somos, nuestras virtudes y vicios, sudores y hedores, hincándole el diente a las grietas que se abren al escribirnos lubricando la hendidura del punto ciego por donde se disuelven nuestras sólidas construcciones.

Para que nuestro decir no se legitime en el despilfarro de verborreas estalladas en rituales antropófagos, para que la persistencia de nuestros balbuceos errantes no se embriague en sus sórdidas y cándidas melodías y pasemos del agobio insurrecto al miserable bienestar de cristalizar ese murmullo inocuo, ese ronroneo entrañable que nos habita y que sólo tiene la fuerza de romper aquella llanura infranqueable que es el silencio. Habiendo zanjado estas derivas de ejercicios masturbatorios, pero que nos sirven para separar el trigo de la paja y las disgreciones de las divagaciones y los exabruptos: en donde se difunden y confunden las preguntas nocturnas y los interrogantes trasnochados, los sueños revolucionarios y las pesadillas nihilistas que nos acosan como demonios en nuestros insomnios y hacen naufragar nuestros estados de ánimo en la tempestad de lo acontecedero… y volvemos al bar, al carajillo, al escupitajo y a tirar líneas, y convertidos en animales nocturnos, en gárgolas viscerables, alguien interroga por el sentido de la acción y por la acción del sentido, lo cual permite que irrumpa el sinsentido inherente a la acción y quede en evidencia el sinsentido de querer darle sentido, interrupción súbita del ruído de nuestras risas, de la carcajada que lleva a las lágrimas y al silencio. Y en su ruído sombrío encaramos el desfondamiento del camino y empezamos a andar, en ese mismo instante cuando calló la medianoche y el amanecer nunca fue. Lo real embarrancó en una tentativa, que resultó ser la madre de todas las cosas, en donde podremos mentir o decir la verdad, decir que la paz es la guerra o que la guerra es paz, pero tampoco importa demasiado porque lo que tuvo que ser no fue y lo que fue no tuvo que ser, lamento y fatalidad de los derrotados por la historia, de los oprimidos por la tradición de la traición, insoportable desazón de la realidad subsumida, inmersa, irremediablemente, sin poder no estar de otro modo que bajo las redes maquínicas del consumo y la producción, así nuestras palabras colonizadas devienen en mercancías, los lectores consumidores y el odio un producto estético, derivado de nuestras pulsiones, de nuestras pasiones, del culto a lo muerto que anima a lo vivo, píntate ese labio partido y demás sandeces, levantando muros infranqueables, cada uno de nosotros convertido en un fondable gueto, desvanecidos en los colores y números del menú infinito del capitalismo.

Irrumpe lo visceral, lo irreductible, tomamos aire y afirmamos nuestra condición de supervivientes y en el sonar de un brindis afirmamos la vida hasta en la muerte, para dejar de ser muertos en vida, y en aquel umbral de umbrales, saborear el cinismo agridulce de la indefinición, de no estar en ningún lugar y desde allí afrontar lo impresentable, fugándose de las representaciones y ondular en lo indecible, el crimen, el horror, el hambre, el terror, y lo indecidible si reír o llorar, si matar o morir, o escribir, que es las dos cosas a la vez, la escritura es la conjura de nuestros propios espectros, violencia que se tatúa en los poros de las sentencias y juicios, de los gestos y acciones, que nos hagan encontrarnos en las calles a sus pasajes, en la esquina, en el bar, en la llamada perdida, en el e-mail rebotado, pretendiendo abrir nuevos espacios donde confluyan y se crucen cuerpos y discursos, afectos y conceptos, de gentes provenientes de cualquiera de los puntos cardinales, para compartir desde las diversas superficies de la realidad las coordenadas coincidentes que propicien la combinación de la resistencia, de la disidencia, con la producción de nuevos territorios existenciales. En la fuga constante hacia las entrañas de lo real, interfiriendo, interrumpiendo, interviniendo para provocar en su seno los desplazamientos de las hegemonías invisibles y dominaciones desapercibidas, poética de la infiltración y el sabotaje, clandestinidad a cara descubierta, apropiándonos de la impropiedad de nuestros propios nombres y desactivando los dispositivos de la sociedad de control, de la captura del tiempo de vida y la gestión masiva de la población, del genocidio silencioso y el mundo vuelto campo de concentración, posibilitando la posibilidad de lo imposible, porque vale la pena dejar la vida en lo que nos va la vida. En donde escribir es un gesto, sólo un gesto, de inscribir, excribir, registrar lo que nos acontece a diario, del temblor interno que es expresión y lucha, que se juega en los espacios reales y virtuales que habitamos, en el movimiento insurrecto, siempre insurgente, indócil, intransigente, intentando generar ahora y siempre las múltiples conexiones, acoples, empalmes, e intersecciones, operando y recobrando la subversión y perversión del sentido común, del fascismo post-moderno convertido en industria de la estupidez.

Convencidos de que la palabra, la escritura provoca y convoca acontecimientos, la escritura contiene aquella energía explosiva de hacer estallar las cadenas perpetuas, la escritura se convierte en nuestra arma, nuestros pensamientos en municiones, nuestras publicaciones en trinchera, nuestra acción en una guerrilla literaria, delirio poético político, frente demente… órbita de radicales libres y malditos que no ocultan su esquizofrenia constitutiva ni se avergüenzan de su estupidez, y balbucean y vociferan su ácida ironía, la risa corrosiva, la mirada sediciosa y el absurdo de su dramaturgia.

Millones de litros de sangre terrícola se vierten día a día a nuestro alrededor, miles de cuerpos se transforman en esqueleto sin que ningún político se manche sus impolutas vestimentas, ni mucho menos se ponga en entredicho su reputación ni merme un ápice su supuesta catadura moral; podríamos hablar de la pobreza estructural de 36 países africanos, del último atentado de los patriotas suicidas o de lo loca que está la vecina del quinto o la depresión que acarrea empezar a pensar en el futuro, o de los veganos, o de la marcha verde de Marruecos hace ya tres décadas o de las últimas imágenes de sexo hardcore en la red o del último gol de Ronaldinho o del Manifiesto Cyborg o de la hipocresía de escribir de todo esto que no nos importa para nada, o de lo miserables que nos sentimos cuando no escribimos todas estas patrañas… teniendo mucho más que añadir, consideramos que lo más sensato es callarnos cuanto antes, puesto que seguir hablando terminaría invariablemente por meternos en un cul de sac de promesas, de deseos y esperanzas, pero la sabiduría que nos da nuestra fe en la nada es lo que nos exime de seguir plasmando nuestras convicciones, pues las convicciones de ahora no serán las certeras puñaladas de un futuro, futuras y profundas hendiduras en nuestros frágiles estómagos que nos harán trastabillar y caer aparatosamente para luego levantarnos costosa y quejosamente, con el orgullo herido por haber faltado a nuestras promesas.

Los Editores

Podemos volar

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