Émile Henry, un ilegalista fugaz pero intenso.

Hace una semana se cumplían 120 años, nada menos, desde aquel 21 de mayo de 1894 en el que fue ejecutado en la guillotina el compañero Émile Henry, condenado a muerte por los dos atentados por los cuales se hizo famoso, y en este blog he querido dedicarle un espacio.

De origen aristocrático a la par que revolucionario, nace en Barcelona en 1872, en el seno de una familia pudiente pero exiliada, a causa de la militancia de su padre, Fortuné Henry, en la Comuna de París, lo que le obligó a marcharse de Francia para evitar su ejecución (fue condenado a muerte en ausencia). Tras la amnistía, regresan a Francia, donde Fortuné participa en el periódico L’En-dehors.

Dado su origen, Émile pudo acceder a unos estudios, a diferencia de muchos anarquistas ilegalistas de la época, los cuales eran en su mayoría de las clases más bajas y precarias, trabajadores desde muy jóvenes y de muy bajo nivel intelectual, aunque conscientes por ello desde muy temprano de las diferencias clasistas en la sociedad y revueltos como pocos contra ellas. Émile estudió en el colegio Jean-Baptist Say de París, donde tanto sus profesores como sus compañeros hablaban de él como uno de los alumnos más aventajados y solidarios, destacando una anécdota en la que, al ser premiado con un uniforme de la escuela por sus méritos, lo rechazó argumentando que él no era ni quería ser un militar.

No obstante, su posición social y su elevado nivel académico no le impidieron tomar conciencia y su primer ataque sonado se produce a la temprana edad de 19 años, cuando el 8 de noviembre de 1892 un paquete que contenía una bomba dirigida a las oficinas en París de la compañía minera Carmaux es dejada en la comisaría de la Rue des Bons Enfants por una persona vestida como una empleada del lugar. Sin embargo, esa persona era Èmile Henry. La bomba explota y mata a cinco “personas”, mientras que una sexta sufre un ataque al corazón. Émile huye y es perseguido por un madero y por un trabajador de una cafetería cercana que, queriendo jugar a los héroes, se une al policía en la persecución. Émile saca su arma y dispara contra sus captores, alcanzando finalmente al poli, que queda herido de gravedad, y logra escapar.

Su pista se pierde hasta que en febrero de 1894, poco más de un año después, Émile se entera de la ejecución mediante guillotina del también anarquista Auguste Vaillant, por haber volado por los aires un solar gubernamental en un ataque que de todos modos no había causado daños personales. Por sus afinidades con él, este hecho marca profundamente a Émile, que promete vengar al compañero guillotinado. Así, prepara un plan y el 12 de febrero de 1894, sobre las 19:00 de la tarde, un joven rubio entra en el lujoso Café Terminus, conocido por ser punto de reunión de lo más distinguido de la burguesía local, y sin mediar palabra arroja un paquete explosivo que sacó de su bolso. La bomba choca con una de las lámparas y explota en el aire, haciéndola caer y dispersando astillas de cristal por toda la estancia, mientras debajo se produce una avalancha de clientes aturdidos que intentan escapar aterrorizados por la detonación del artefacto. Finalmente, el atentado se salda con 20 heridos de diversa gravedad y un muerto.

Émile es detenido y el 27 de abril del mismo año, poco más de dos meses después, comparece ante el tribunal de Assize de Seine para su juicio, durante el cual mantiene una actitud desafiante y se reivindica a sí mismo como anarquista, asumiendo sus acciones como actos de venganza por las muertes que causaban los burgueses y sin arrepentirse de nada. Según los archivos, cuando el juez se dirigió a Émile para decirle “todos pudimos ver tus manos cubiertas de sangre hoy”, Émile respondió “mis manos están tan llenas de sangre como enrojecidas están tus ropas”. En la misma línea, cuando se le interrogó acerca del motivo que le llevó a, según el juez, herir a tantas personas “inocentes” en el atentado de la cafetería del hotel Terminus, Émile replicó sin apenas inmutarse que allí no había inocentes porque no existe burguesía inocente. Hay que decir llegadxs a este punto que en aquella época las fronteras entre las clases sociales estaban mucho más definidas y resultaban mucho más notables en las relaciones sociales que se daban, por lo que no resulta extraño que Émile, al atacar ese objetivo concreto, supiese que en tan exclusivo local no se encontrarían pobres ni inocentes, sino los mayores explotadores de la ciudad, los cuales en ningún caso eran inocentes.

Émile recibió su sentencia de pena de muerte gritando “Coraje camaradas, ¡¡Viva la anarquía!!”. Fue guillotinado un mes después, el 21 de mayo de 1894, a la edad de 22 años, sin miedo y sin remordimiento.

Para leer su declaración, os dejo el siguiente escrito, de un discurso pronunciado por Émile en el juicio, y termino la entrada con la canción La java des Bons Enfants (versión interpretada por Les amis d’ta femme), la cual fue erróneamente atribuída en 1974 a Raymond Callemin pero que en realidad fue escrita por Guy Debord (autor entre otras obras de «La Sociedad del espectáculo” y miembro de la Internacional Situacionista) en los años ’60, junto a Marc Lemonnier, quien compuso la música. La letra, que añado en francés, hace referencia al atentado de Émile Henry en la comisaría de la Rue des Bons Enfants.

Si deseáis descargar la declaración en formato fanzine listo para imprimir, click aquí.

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El juicio os ha demostrado que yo me reconozco autor de estos hechos. No es mi defensa la que quiero hacer; no pretendo, de ningún modo, esquivar las represalias de la sociedad, a quien yo he atacado, porque no reconozco más que un solo tribunal, mi conciencia; el veredicto de cualquier otro me es indiferente.

Quiero tan sólo explicar mis actos, y explicar también cómo fui arrastrado a cometerlos.

Soy anarquista desde hace poco tiempo, pues sólo desde 1891 me he lanzado al movimiento revolucionario. Viví primero en un ambiente impregnado por completo de la moral actual. Yo estaba acostumbrado a respetar y aun a amar a la patria, la familia, la autoridad y la propiedad. Pero los que educan a la generación actual se olvidan frecuentemente de una cosa, y es que la vida, con sus luchas y sus dolores, con sus injusticias y sus iniquidades, se encarga de abrir los ojos de los ignorantes a la realidad. Esto es lo que me ha ocurrido y les ha ocurrido a todos. Se me había dicho que la vida estaba fácil y generosamente abierta a la inteligencia y a la energía; mas la experiencia me demostró que sólo los cínicos, los viles y los rastreros logran un buen puesto en el banquete.

Se me había dicho que las instituciones sociales estaban basadas sobre la justicia y la igualdad, y yo no he visto en torno de mí mas que mentiras y bribonadas.

Cada día que pasaba me mataba una ilusión. Por donde quiera que iba, me saltaban a la vista testimonios de los mismos dolores sufridos por los unos, de los mismos deleites gozados por los otros. No tardé en comprender que las grandes palabras que me habían enseñado a venerar: honor, devoción, deber, eran máscaras que encubrían las más vergonzosas torpezas y liviandades.

El industrial que edifica una fortuna colosal con el trabajo de sus obreros, que de todo carecen, era una persona honrada.

El diputado, el ministro, cuyas manos están siempre abiertas para recibir el precio del soborno, eran los encargados de velar por el bien público.

El oficial que había probado el nuevo modelo de fusil, sobre dos niños de siete años, había cumplido su deber, y el mismo Presidente del Consejo de Ministros le felicitaba en pleno Parlamento.

Todo esto, que yo veía, sublevó mi espíritu, y lo indujo a criticar la actual organización social. Esta crítica se ha hecho ya muchas veces para que yo la repita, mas bastará decir que me convertí en furioso enemigo de una sociedad que me parecía criminal.

Por un instante me incliné hacia el socialismo; pero bien pronto me aleje de él. Tenía yo demasiado amor por la libertad, demasiado respeto a la iniciativa individual, demasiada repugnancia a las corporaciones, para tomar un número en el ejército matriculado del Cuarto Estado.

He llevado en la lucha un odio profundo, avivado todos los días por el repugnante espectáculo de esta sociedad, donde todo es bajo, todo es asqueroso, todo es infame; donde todo se enfanga en las prisiones humanas, las tendencias generosas del corazón y el libre vuelo del pensamiento. Por todo esto, he querido castigar fuerte y justamente cuanto he podido.

De todas partes se espiaba, se perseguía, se arrestaba a capricho de la policía. Multitud de individuos eran arrebatados a sus familias y arrojados en las prisiones. ¿Qué sucedía a la mujer y a los hijos del compañero arrestado?

El anarquista no era un hombre, era una bestia feroz, a la que se daba caza en todas partes, y para la que, la casta burguesa, vil esclava de la fuerza, pedía en todos los tonos el exterminio.

Al mismo tiempo se secuestraban los opúsculos y periódicos de nuestro partido, y el derecho de reunión estaba violado.

Pues bien: si vosotros hacéis responsable a todo un partido de los actos de un hombre, y hacéis cuanto podéis por bloquearle, es lógico que nosotros descarguemos nuestro odio sobre la masa entera.

¿Deberíamos atacar sólo a los diputados que hacen las leyes contra nosotros, a los magistrados que las aplican y a los polizontes que nos arrestan? No lo creo. Todos estos hombres son instrumentos; no obran en nombre propio; son instituciones constituidas por la burguesía para su defensa, y, por tanto, no son más culpables que los demás.

Los buenos burgueses que, por no estar revestidos de ningún cargo especial, pasan su vida disfrutando los dividendos producidos por el trabajo de sus obreros, deben sufrir también su parte de represalias.

En esta guerra sin tregua que hemos declarado a la burguesía, no queremos ninguna piedad.

Nosotros damos la muerte y sabemos sufrirla, y por eso espero vuestro veredicto con indiferencia. Sé que mi cabeza no será la última que caiga, porque los muertos de hambre comienzan a interrumpir las calles que conducen a los Terminus y a los restaurantes Foyot; vosotros añadiréis más nombres a la lista sangrienta de nuestros muertos.

Ahorcados en Chicago, decapitados en Alemania, agarrotados en Jerez, fusilados en Barcelona, guillotinados en Montbrisson y en París, han muerto muchos de los nuestros, pero no habéis podido aniquilar la anarquía. Sus raíces son muy profundas; ha nacido en una sociedad putrefacta y que se desgaja y se derrumba; es una reacción violenta contra el orden establecido, y representa las aspiraciones de igualdad y de libertad, con que venimos a batir en la brecha al autoritarismo actual. Es indomable, y concluirá por vencerle y matarle.

Dans la rue des Bons Enfants,
On vend tout au plus offrant,
Y avait un commissariat
Et maintenant il n’est plus là

Une explosion fantastique
N’en a pas laissé une brique,
On crut que c’était Fantomas
Mais c’était la lutte des classes

Un poulet zélé vint vite,
Il portait une marmite,
Qui était à renversement
Et la retourne imprudemment

Le brigadier, le commissaire,
Mêlés aux poulets vulgaires,
Partent en fragments épars
Qu’on ramasse sur un buvard

Contrairement à ce qu’on croyait,
Y en avait qui en avaient,
L’étonnement est profond,
On peut les voir jusqu’au plafond

Voilà bien ce qu’il fallait
Pour faire la guerre au palais,
Sache que ta meilleure amie,
Prolétaire, c’est la chimie

Les socialos n’ont rien fait
Pour abréger les forfaits
De l’infamie capitaliste
Mais heureusement vient l’anarchiste

Il n’a pas de préjugés,
Les curés seront mangés,
Plus de patrie, plus de colonies,
Et tout pouvoir, il le nie

Encore quelques beaux efforts,
Et disons qu’on se fait fort
De régler radicalement
Le problème social en suspens

Dans la rue des Bons Enfants,
Viande à vendre au plus offrant,
L’avenir radieux prend place
Et le vieux monde est à la casse

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