[Cuento] La eremita hereje (extraído del Manifiesto Anticivilización)

El siguiente relato o cuento fue extraído del texto más amplio titulado «Manifiesto Anticivilización», escrito en su día por Antón FDR, miembro del colectivo coruñés anarcoprimitivista Re-Evolución!, y que por entonces se convirtió en «referencia» del pensamiento de esta tendencia, pero de cuya deriva política con el paso de los años creo que es mejor no hablar…

El relato reflexiona sobre valores como el altruísmo, la solidaridad, la compasión o la moral, y sobre el modo en que esos conceptos tienden a generar unas dinámicas contradictorias, que preservan el veneno, disfrazando de cura el contagio, y perpetuando con ello el problema en lugar de solucionarlo. Un texto con una moraleja muy clara y que he decidido rescatar del olvido para que, quizá, vuelva a agitar conciencias.

Disfrutadlo.

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La eremita hereje.

En lejano lugar, apartado de la civilización por pedregosas montañas, por salvajes bosques de verde frondosidad y por inquietos y juguetones ríos azules de verdes centelleos vivía una mujer. Era conocida en toda la comarca con el nombre de la eremita hereje. Había quien pensaba que era una bruja que había huído a su recóndito escondrijo de las garras inquisitoriales y que desde las alturas de la montaña seguía haciendo sortilegios contra sus enemigxs. Otrxs aseguraban que era un demonio que por los siglos había vivido allí, que había nacido en las profundidades de las raíces de una secuoya muerta y la había amamantado una loba y que quién se acercaba a sus dominios perdía todo su uso de razón pues el bosque había sido encantado.

Otrxs, lxs pocxs, no creían nada de ésto, considerándolo una vulgar superstición popular. Solían ser gentes que venían de lejos buscando la sabiduría y la tranquilidad que de ella emanaba según cantaban ciertxs juglares que juraban haberla visto y vendían amuletos que ella misma había bendecido.

Un día que la misma mujer estaba cortando leña para hacer una fogata apareció entre los helechos que bañaban los pies de los árboles uno de estxs viajerxs.

El viajero se presentó. Era un hombre entrado en años y de aspecto venerable que al parecer era un reconocido sabio en la ciudad de dónde venía. El viajero habló a la mujer con la segura tranquilidad del/de la que se cree en posesión de toda verdad y le dijo: «Vengo a usted porque donde yo vivo la bondad humana parece haber desaparecido como si un malvado duende la hubiese secuestrado. Lxs príncipes/princesas se disputan territorios y riquezas, sólo para aumentar su ego mandando sin piedad a sus pueblos a morir a las más cruentas guerras. Lxs hombres/mujeres de palacio conspiran lxs unxs contra lxs otrxs para estar más cerca del trono, por codicia, gastando el heraldo público en cortesanas y fiestas mientras la gente no tiene para comer». El viajero calló y bajó la cabeza apenado por el recuerdo esperando alguna respuesta de la mujer pero ella siguió cortando a hachazos la leña. El viajero, desconcertado, prosiguió: «Los vicios, la corrupción y la inmundicia son de igual modo los que imperan en el pueblo. La gente sólo mira para sus propios ombligos sin importarle el/la vecinx. Trabajan de sol a sol y se pisan lxs unxs a lxs otrxs sólo por conseguir unas monedas más mientras la putrefacción se adueña de la urbe y la gente cae enferma por esta pestilencia que nadie quiere curar. ¡Oh, amiga mía!, he venido para que me dé consejo. Dicen que es usted una especie de sabia santa. Dígame, pues, no se haga más de rogar. ¿Qué puedo hacer para inculcar a mis vecinxs, aunque sea un poco, el altruísmo y la compasión con la que la providencia la ha bendito, mi señora?».

La mujer al oír ésto dejó su tarea. Clavó el hacha en el suelo, se secó el sudor que grácil se deslizaba por su frente y apoyándose en el palo de la herramienta se sentó junto al viajero y le dijo: «Amigo mío, gran favor es el que le quieres hacer a tus vecinxs intentándoles volver altruístas y compasivxs. De todas maneras vienes al sitio equivocado si lo que quieres es encontrar aunque sea una pizca de altruísmo o compasión. Nosotrxs no gustamos de vejar a nadie, querido amigo, de la misma manera que no queremos que nadie nos agravie».

Turbado por la inesperada respuesta el viajero le contestó: «Éso último me parece muy sabio. Pero hay dos cosas que no entiendo bien… Ud. ha dicho nosotrxs…». «Nosotrxs he dicho», rió la mujer, «¿No se habrá creído las fábulas de la eremita de los bosques?» y cuando decía ésto salían tres hombres y una mujer de la gran cabaña de madera frente a la cual estaban charlando. El viajero pareció desencantado con tal circunstancia como si hubiese perdido para él un halo exótico en busca del cual había caminado, por jornadas, día y noche. Entre dientes, como refunfuñando, inquisidoramente empezó a decir: «Entonces lo de la heremita hereje…». Lxs contertulixs rompieron en carcajadas, sin mala fé. La mujer puso su mano sobre el hombro del viajero y cándidamente explicó: «No puede usted hacer caso de los rumores de las gentes. Lo siento si le he defraudado. No he sido yo la que me he puesto ese ridículo nombre, de hecho, no me he puesto jamás nombre alguno. No, ni soy una ermitaña, ni soy una asceta ni nada de éso, de hecho no hay nada que más me guste que el gozar y la compañía humana… No veo por qué nadie querría privarse del contacto carnal, de la conversación sencilla con otras personas o la convivencia con quién amas.»

El viajero, alarmado, se echó para atrás liberándose de la mano que le tendía la mujer e indignado preguntó, repitiendo las palabras de la mujer: «¿Quiere usted decir que usted ama a lxs cuatro… carnalmente?» Sobraron palabras para la contestación. El viajero se enrojeció y la sensación de vergüenza le hizo arder en cólera. «Ahora veo que los rumores populares eran ciertos, es usted una bruja, una libertina. Yo he venido aquí engañado. Le he venido a hablar de la trágica situación de mi ciudad pero veo que ustedes aún son más depravadxs pues además de libertinxs se mofan de los sentimientos más elevados del/de la ser humanx: el altruísmo y la compasión. ¡Oh sí!, estaban bien en lo cierto quienes la pintaban como un ser salido de los avernos. No tengo más que hacer aquí. Pero dígame, sólo por curiosidad, ¿cómo pueden ustedes estar orgullosxs de no tener una pizca de compasión o altruísmo?».

La mujer, ante tal avalancha de palabras y descalificaciones perdió la sonrisa. Sus ojos se volvieron resplandecientes y pícaros y contestó lo que sigue: «Amigo mío, usted quiere saber por qué hemos renegado de la compasión y del altruísmo pero yo ya se lo he dicho. Nosotrxs no gustamos de menospreciar a nadie. Es por éso que no nos compadecemos de nadie. Cuando un/a amigx sufre nos duele a nosotrxs pues en nuestro extremo egoísmo no nos gusta ver sufrir a la gente. Nosotrxs sentimos por lxs demás al identificarnos con ellxs y su dolor, no lxs compadecemos desde una distante posición y menos aún les denigramos y menospreciamos con limosnas piadosas y compasivas sino que les damos lo que es suyo o lo que queremos. Es así que cuando un/a amigx cae enfermx lxs demás lx cuidan para que sane cuanto antes porque no nos gusta ver sufrir y porque así queremos ser pagadxs por nuestrxs iguales si nosotrxs caemos enfermxs. Ustedes, en cambio, lo hacen como si fuese un favor o una obligación social, o divina, que al fin y al cabo es lo mismo. Mandan al/a la enfermx o al/a la viejx lejos de ustedes porque no aguantan verlx sufrir, porque se sienten culpables, porque no pueden compartir su dolor. Ustedes pagan a otrxs para que cuiden al/a la que no puede cuidar de sí y de esta forma alivian su remordimiento por haber sido compasivxs, altruístas. Ustedes dan al/a la mendigx la limosna de su altruísmo, compasión y generosidad que no es más que un despreciable instinto de superioridad, porque ustedes gustan de mirar por encima del hombro.: Por éso su príncipe manda al pueblo a morir a la guerra, por éso lxs hombres/mujeres de palacio conspiran, el pueblo pisa cabezas y se arrodilla por unas monedas… por éso usted ha venido aquí a buscarme. Porque usted antes de venir estaba ya convencido de estar en posesión de la verdad y era para usted un premio que yo le diese la razón a sus teorías. Es por éso que usted está ahora de pie, inquieto y molesto, porque usted ha visto que mi realidad nada tiene que ver con la suya y de hecho la pone en tela de juicio.»

La mujer paró un momento, se levantó, arrancó el hacha del suelo y con ella en las manos extendió los brazos ofreciéndosela al viajero, al tiempo que le decía: «Amigo mío, me preguntó qué es lo que creo que debería hacer. Pues si quiere consejo este es el único que puedo darle. Coja usted el hacha y destroce en mil pedazos el tronco muerto de su cultura pues lo mejor que usted y sus conciudadanxs pueden hacer es destrozar todas las instituciones y valores que mantienen sobre sus espaldas el árbol muerto y una vez despiezadas haced una hoguera con ellas para que pueda volar un nuevo ave fénix.»

El viajero ante tales argumentos se enfureció, rechazó el hacha, les dió la espalda y volvió a su ciudad, diciendo a su vuelta a todo el mundo que era cierto, la eremita hereje era una demonio amamantada por una loba y que él había logrado salir con vida por suerte, pues ella había intentado matarle a machazos y tirarlo en una hoguera.

El rumor circuló rápido como pólvora en la ciudad y todxs maldecían a la eremita hereje. Pero esta situación no duró mucho, pues no tardó mucho en llegar el ataque de un rey más fuerte y avaro a esta ciudad y todxs sucumbieron.

houtin1

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