[Reseña] Reseña de «Contra los pastores, contra los rebaños» y la figura de Albert Libertad + [Texto] El pueblo se divierte

Estos días he estado leyendo el libro «Contra los pastores, contra los rebaños», publicado por la editorial Pepitas de Calabaza (Logroño), y que recoge, por primera vez en castellano, los textos que Joseph Albert (Burdeos 1875 – París 1908), bajo el pseudónimo de Albert Libertad, publicó en el periódico L’Anarchie, una publicación que fundó y donde dio rienda suelta a sus ideas anarcoindividualistas e iconoclastas, convirtiéndose en uno de los periódicos más influyentes del anarquismo francés de la época.

Albert había sido un desposeído toda su vida, pobre, mendigo y marginado. Así, para él la revolución no comenzaba con la elaboración de un programa ideal de sublevación obrera en las fábricas y los campos, sino con la conciencia individual (y a través de ello, colectiva) de que el poder, como herramienta de opresión e institución, no es algo que surge por azar, ni un producto exclusivo de las instituciones del Estado o la burguesía, sino que está presente en cada relación entre dos o más personas, que todxs lo llevamos dentro, y que quienes no lo combaten ni se esfuerzan por deshacerse de él, son tan despreciables como quienes lo ostentan en mayor categoría. De ahí procedía, sin maquillaje de ningún tipo para sus palabras, el lema de L’ Anarchie, que da título al libro. Contra los pastores, pero también contra los rebaños que se dejan azotar, dirigir y, llegado el momento, sacrificar dócilmente para festín de las clases propietarias y dominantes, y vergüenza y mayor miseria de lxs demás esclavxs.

Para Albert, podríamos decir que la vida era una cuestión de supervivencia, un enfrentamiento constante entre el individuo y sus decisiones que él afrontó por la fuerza de las circunstancias, y como vivía, escribía. Con pasión, ahínco, rabia y una lucidez poco común, que, sin necesitar de grandes conclusiones políticas (él no era un intelectual, nunca lo había sido) conmovían y removían tantas entrañas como incautxs se atreviesen a leer sus escritos. En ocasiones generó descontentos (propios de mentes demasiado obtusas y cerradas en los dogmas de sus falsas pretensiones revolucionarias como para tan siquiera considerar un proceso de autocrítica) pero en otras, alimentó una hoguera que no se apagó hasta hoy.

Murió joven, tras una dura paliza policial. Atrás quedan escritos e historias de aquel joven anarquista de acción que, inválido de las dos piernas y apoyado en unas muletas con las que peleaba pese a su diversidad funcional, puso en jaque buena parte de los valores de la sociedad de entonces y, por qué no, también de la actual. Hay cosas que nunca cambian…

Todo ésto viene no sólo a un interés en personal en ceder un pequeño espacio en este blog a la figura de este hombre, sino también a que, leyendo el libro, me encontré un texto que, titulado «El pueblo se divierte», hace una reflexión sencilla (pero que me gustó) sobre un fenómeno que, desgraciadamente, todavía conocemos muy bien en nuestros días, más de un siglo después. Me refiero a lxs esclavxs que prefieren leer medios burgueses o periódicos de deportes, desentenderse de las miserias que rodean su vida y centrarse en las distracciones que, con gusto, nos ofrecen los poderosos para alejarnos de otras actividades más amenazadoras para sus privilegios y sus jerarquías, a tomar conciencia de la situación en la que nos encontramos, y recuperar la iniciativa, la inspiración y la energía para hacer algo al respecto:

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El pueblo se divierte, por Albert Libertad
publicado en el periódico L’ Anarchie, 7-14 de junio de 1898

El obrero sale de la fábrica apestosa. Es la hora de la liberación. Tras la dura labor, algunos instantes de reposo. Sale, sin duda hastiado, asqueado, en el corazón el odio contra aquellos que lo mantienen así encerrado durante horas para asegurar su lujo.

Pero, ¿hacia dónde dirige sus pasos? Sale, va, corre hacia los quioscos de prensa. Una sonrisa de satisfacción se me dibuja en los labios; está hastiado, pero todavía mantiene vivaz en el corazón el orgullo del hombre: allá va a buscar el panfleto, el escrito en términos reivindicativos, con el fin de entrar en comunión de ideas con todos aquellos que sufren, sus hermanos de miseria, los explotados de todos los mundos.

Me aproximo, dispuesto a hablar, a estrechar la mano a ese sufriente cualquiera. Le Sport, dice él con voz fuerte, y lo abre febrilmente. Pasa las páginas y se va diciendo: «Lo sabía, ha ganado Untel montando a Roi-Soleil». Y este obrero es todos, es el mercenario, el esclavo tipo.

Le Sport, le Vélo, Les Courses, París-Vélo, y veinte más, he aquí el panfleto que lee el oprimido, he aquí la alarma de rebelión que resuena en sus oídos.

La plebe romana, en su excesiva miseria, reclamaba «Panem et circenses», pan y juegos, y se rebajaba ante el tirano. España, bajo la dominación clerical, pide a voz en cuello procesiones y ruedos. En Francia, bajo la garra del parlamentarismo más humano… con las bestias, más delicado, el pueblo quiere carreras.

Que estos señores, los esclavos, quieren juguetes, pues sea así: los emperadores construían circos, la reina de España está presente en cada nueva corrida, y su excelencia Felisque* preside el Gran Premio. Los romanos, los españoles, los franceses le hacen otro agujero al cinturón y se acuestan felices y contentos.

También los explotadores, los burgueses, los sacerdotes, piensan que todavía vivirán buenos tiempos en esta tierra, y reeditan aquella frase de los viejos galos: «No tememos nada, salvo que los cielos se nos desplomen sobre la cabeza».

No os fiéis, sin embargo; bajo la engañosa calma del mar bulle una tormenta. ¿Quién sabe?, ¿quién sabe si, bajo esta aparente tranquilidad, el pueblo, vuestro gran proveedor, no os prepara la última sopa?


* Nota del colectivo editorial del libro: Al hablar de «Felisque», Libertad hace probablemente alusión a la deformación popular del nombre de pila del presidente de la República de la época, Félix Faure.

Albert_libertad

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